5 de mayo de 2017

Calcedonia, Armonia Para Tu Vida

Crecimiento botroidal 
Caracteristicas

La calcedonia es un silicato, una variedad criptocristalina de cuarzo con habito masivo o bandeado, agatiforme, estalactítico, botroidal, etc. Al igual que el ópalo, la calcedonia, en función del color y el trazado de las bandas, se divide en numerosas variedades, a menudo confundidas y poco distinguibles visualmente. Se trata, más bien de nombres comerciales.

Ágata: calcedonia bandeada y en numerosas ocasiones agatiforme (bandas concéntricas). Ágata musgosa: Verde y parda, con inclusiones de clorita, anfíbol y óxidos de Fe y Mn. Que parecen musgos.
Crisoprasa: calcedonia de color verde intenso.
Ónice: Con bandas negras y blancas.
Jaspe: Calcedonia de colores vistosos y no transparente.


Propiedades

La calcedonia es una piedra que potencia la hermandad y la buena voluntad, favoreciendo la estabilidad grupal. Puede utilizarse para favorecer la telepatía.
La calcedonia armoniza la mente, el cuerpo, las emociones y el espíritu. Dando sentimientos de benevolencia y generosidad disipa la hostilidad y transforma la melancolía en alegría.
Psicológicamente alivia la duda respecto a uno mismo y facilita la reflexión interna constructiva, creando una personalidad abierta y entusiasta.
A nivel curativo incrementa la energía física, equilibrando el cuerpo, las emociones, la mente y el espíritu.


3 de marzo de 2017


5 de febrero de 2017

La Procesión De Los 100 Fantasmas

Cuento Anonimo, Oriente

Hacía tiempo que Tosa Mitsunobu deseaba retratar el Hyakki Yakō (la fantasmal procesión, o desfile, de los cien espíritus), cuando oyó hablar de un monje peregrino que se había encontrado con esta espectral comitiva mientras pernoctaba en las ruinas del viejo templo llamado Shozenji, antiguamente situado en las afuera de Fushimi, cerca de Kioto.

De este templo se decía que estaba deshabitado desde el trágico día en que una banda de ladrones mató a todos sus habitantes. Aunque otros monjes intentaron sustituirlos, desistieron al poco tiempo, debido a los fantasmas que, según decían, lo habitaban. Pero esto había sucedido muchos años atrás.

El peregrino, que procedía de una ciudad lejana, no estaba al tanto de la siniestra leyenda del lugar, y como ya se había hecho de noche y una tormenta amenazaba con desatar su furia sobre él, decidió refugiarse en el templo abandonado. Buscó una habitación pequeña y en buen estado, en la cual, tras cenar un cuenco de arroz, se echó a dormir.

A las dos de la noche lo despertó una gran algarabía de ruidos. Al acercarse al edificio principal, descubrió que en su interior se habían reunido decenas de espectros y duendes, de las formas más diversas, que reían, jugaban y danzaban.

Se trataba del Hyakki Yakō, y el peregrino, aunque asustado, no pudo evitar quedarse un rato observándolos, hasta que aparecieron otros espíritus de aspecto más grotesco y horrible, momento en el cual echó a correr de vuelta a su habitación, en donde se encerró hasta que los sonidos extraños cesaron y se hizo de día.

Esta era más o menos la historia que el peregrino, aún temblando, le relató aquella misma mañana a un comerciante de Fuchimi, y que este a su vez le contó al afamado pintor Tosa Mitsunobu unas semanas después, mientras este se hallaba de paso en la ciudad.

Esperando encontrar inspiración para su ansiado cuadro, Mitsunobu cogió sus cuadernos y sus pinturas y se dirigió hacia el templo Shozenji, dispuesto a pasar la noche en él.

Cuando llegó, el sol acababa de ponerse. Entró en la sala principal y montó guardia durante horas, sin percibir ningún ruido o visión que se saliera de lo normal, hasta que a eso de la medianoche su atención se vio atraída por una extraña luminiscencia que parecía provenir de las paredes. Comprobó con sorpresa que allí aparecían dibujados duendes y espectros; era el Hyakki Yakō, reflexionó el pintor, que se manifestaba para él brillando tenebrosamente en las paredes.

A la luz de la luna, Mitsunobu se apresuró a copiar en su cuaderno las más de doscientas figuras, cada una diferente y más grotesca que la anterior. En ello empleó toda la noche, terminando justo cuando la primera luz de la mañana irrumpió en la sala y los espectrales dibujos desaparecieron.

Antes de partir, examinó por última vez las paredes. Estaban recubiertas de grietas y musgos de diferentes colores, que daban lugar a formas caprichosas, las cuales de pronto le resultaron muy familiares. Tosa Mitsunobu emitió una sonora carcajada al comprender que aquellos eran los fantasmas que había visto durante la noche. Apenas grietas y desconchones en la pared convertidos en terribles espectros gracias al azar y a su excitada imaginación, sugestionada por la historia del peregrino, quien probablemente fuese víctima de una ilusión similar a la que él acababa de sufrir.

Pero, después de todo, ¿qué importancia tenía eso?… ¿Acaso no había logrado al fin pintar el Hyakki Yakō?

Anónimo japonés. Narra el origen de una extraña pintura conocida como “La procesión de los 100 fantasmas”, cuyo autor fue Tosa Mitsunobu (1434-1535), fundador de la escuela Tosa de pintura japonesa.


25 de noviembre de 2016

Petrified Wood, The Organic Gem

Properties

Petrified wood is basically fossilized wood that has had it’s organic matter replaced by stone, bit by bit, as it decomposes. The wood structure is maintained, but the wood fibers are slowly changed into stone.

Sometimes a jasper, quartz, pyrite or even opal  can be found fossilized in wood. More often than not its coloring is brown, but it has been found in grey and even green color.


What is considered an Organic Gem?

While many minerals are considered gemstones, there are also a number of materials that have been infused, infilled or partially replaced by organic materials; as well as natural organisms that have been mineralized then used and considered valuable ‘gems’ throughout all our time.


Metaphysical Gemstone Properties

Petrified wood is a stone that is good for grounding and stabilizing one’s emotions. It is particularly useful in calming survival-based fears, as it assists one in accessing their practical side for answers, then offering a feelings of safety and security. It is a stone of business success, and a wonderful stone for general protection.

It also offers “gentle hours in the day”, to assist one in keeping pace with  the day, keeping the hours from neither hurrying by or moving too slow one is therefore moving forward in a good and steady manner, helping one be more productive. It helps one feel that all will be right, and to be connected to their spirit in  such a way that ones knows that time is not really what it appears, and that there is no such real thing as time... just energy.

During a crisis, a piece of Petrified Wood will give one  strength and support, providing insight into cause and effect. Lessons will be remembered which in turn helps one to avoid repetitive mistakes. Petrified Wood will help one forget petty worries, so that no thought or action is useless. Petrified Wood is an excellent gem for leaders; as it has endured the ravaging changes of time and become stronger.

Petrified Wood works best on the 1st, Root/Base and the 4th Heart Chakras.


28 de octubre de 2016

Halloween Y Un Cuento Anonimo

El hombre lobo
Anónimo (Occidente)


-No vayas, -dijo la mujer del galochero.

-Es necesario, -le contestó Michel, su marido-. La Catou no se encuentra bien. Creo incluso que ha perdido la cabeza.

Se envolvió en su capa, comprobó que llevaba el cuchillo en el bolsillo, y luego abrió la puerta. Fuera, la oscuridad cubría la campiña con un manto negro; no se veían bien ni el seto, ni los árboles; todo eran masas confusas.

-No te inquietes.

Michel tomó el camino y se marchó hacia Condat en busca de un médico para su vecina enferma. Al comienzo no se preocupó demasiado. Pero cuando llegó al bosque empezó a notar que un cierto malestar se adueñaba de él… Efectivamente, el bosque de Font-Sainte tenía fama de ser el reino de Ropotou, el diablo, que vivía allí en compañía de diablesas, brujas, fantasmas, hombres-lobo y otros secuaces del infierno. Corrían muchas leyendas al respecto. Se decía, por ejemplo, que todos los primeros viernes del mes, en el bosque tenía lugar un mercado de almas. Había que acudir con una gallina negra, y el diablo aparecía disfrazado de gentilhombre.

-¿Cuánto pide por su gallina? -preguntaba.

Discutían, regateaban y al final terminaban por ponerse de acuerdo. Al día siguiente, había que volver al bosque donde esperaba una carroza para conducirles al castillo diabólico para firmar el pacto oficial… Según los rumores, aquellos pactos podían contener cláusulas bastante particulares… El galochero seguía caminando mientras recordaba todas estas cosas. Al llegar a la encrucijada de Cuatro Caminos un hombre-lobo se le apareció a la luz de la luna, negro, deforme, horroroso, con sus ojos brillantes y sus largos dientes puntiagudos. Michel se detuvo al instante. Se oyó una voz cavernosa que dijo:

-Quiero tu alma para mi señor…

-Ni hablar -contestó el galochero.

-¡Ten cuidado!

La mano del galochero se crispó agarrando su cuchillo. Sabía que los hombres-lobo son insensibles a las balas de un arma de fuego, lo mismo que a los mordiscos de los perros pero, en cambio, si la hoja de un arma blanca lograba perforar su piel se convertían de inmediato en un hombre o en una mujer. El hombre-lobo rugió salvajemente y saltó hacia él con intención de agarrarlo por el cuello. Pero Michel fue más rápido: su brazo se estiró y su cuchillo alcanzó a la bestia. El rugido terminó en lamento. El hombre-lobo cayó en tierra adoptando inmediatamente forma humana. Con gran sorpresa, el galochero reconoció a un vecino, al señor Garaud, el molinero, tendido en el suelo, quejándose y con un hombro ensangrentado…

-¡Buena la has hecho! -gimió el molinero-. Ahora me encuentro en un gran apuro.

El galochero se encogió de hombros. El otro contó su historia: nueve años atrás, como su negocio iba mal, había hecho un pacto con Ropotou. A cambio de una buena suma de dinero, él se había comprometido a encontrar almas para el diablo. El asunto marchaba bien y no le faltaban ocasiones:

-Ayer, por ejemplo, logré convencer a la Catou…

-¡Ah, pues! Por eso está la pobrecilla completamente trastornada.

-Se acostumbrará; no te inquietes por ella… Como te iba diciendo, Michel, sólo me quedaba un año para acabar de cumplir mi contrato pero tú lo has estropeado todo y mañana me veré obligado a entregar a mi propia hija al diablo para compensar mi fracaso de esta noche; así está escrito, yo lo firmé…

-¿Toinette?

-Sí; sin embargo, se la había prometido a José, el herrero, que es un buen chico.

-Espera, espera, molinero: vamos a tratar de arreglar este desaguisado.

-No será fácil.

El galochero ayudó al señor Garaud a levantarse, lo sujetó y tomaron juntos el camino hacia el pueblo, sin ocuparse ya del médico para la Catou, que Michel esperaba poder curar por otros medios.

Al día siguiente hubo una gran reunión en la iglesia entre el párroco, su sacristán, José el herrero y, por supuesto, Michel y el molinero. Se adoptaron todas las disposiciones y se pronunciaron todas las oraciones por adelantado. Cuando se hizo de noche, el molinero salió con dirección al bosque, pálido, inquieto, con un farol en la mano, seguido de su hija Toinette. Detrás de ellos iban todos los demás, es decir, el galochero, el herrero y el sacristán; los tres se iban escondiendo detrás de matorrales y de árboles… Así llegó el grupo a Cuatro Caminos. El señor Garaud levantó su farol y Ropotou se le apareció plantado sobre sus pies hendidos en mitad de la encrucijada, vestido con sus ropas de gentilhombre, y con una mueca sardónica en los labios.

-¡Eh, eh! -dijo el diablo-. Está bien, me traes a tu hija para reparar tu torpeza, como estaba acordado. No pierdo en el cambio. Ven, Toinette.

El diablo se adelantó con el brazo tendido, dispuesto a agarrar a la joven y atraerla hacia un precipicio profundo, cerca de allí. Pero en aquel instante, Michel y el herrero, un hombretón musculoso y ancho de espaldas, saltaron sobre el demonio, le echaron al cuello una soga muy resistente mientras que el sacristán empezaba a rociarlo con agua bendita, de la que había traído gran cantidad. Ropotou gritó, se retorció, e intentó en vano deshacerse de su corbata de cáñamo. Los compadres no le apretaban sino con más fuerza, tanta que, al poco rato Ropotou enmudeció, con la lengua colgándole hasta el vientre.

-Demonio -gritó el galochero- tienes que anular el pacto que tienes con Garaud.

-Nun… nunca… jamás. Lo… escrito… escrito está.

-Tira fuerte, herrero.

Éste obedeció y el diablo lanzó un largo gemido, semejante a un ronquido.

-Entonces, ¿anulas, sí o no?

-A… anulo.

Ropotou no podía hacer nada más; el párroco había preparado un documento como es debido, que el molinero sacó del bolsillo. En virtud de sus cláusulas, no sólo el molinero quedaba exento de todas sus obligaciones respecto al demonio sino que, además, éste último le devolvía el alma a todas las infortunadas víctimas del hombre-lobo Garaud, incluida la de la Catou, por supuesto. El diablo firmó y los otros aflojaron la soga. Como el sacristán seguía rociándolo con agua bendita, el demonio huyó ebrio de ira. Poco después, en el pueblo de Laquérie, se celebró la boda de Toinette y José, con numerosas salvas disparadas al aire cuando los novios salieron de la iglesia; todos bailaron alegremente la bourrée, la danza típica de la región, al son de las gaitas y de las cabrettes.


7 de agosto de 2016

Agosto, Con Un Cuento De Algernon Blackwood

Transición
By Algernon Blackwood

John Mudbury regresaba de sus compras con los brazos llenos de regalos navideños. Eran las siete pasadas y las calles estaban atestadas de gente. Era un hombre corriente, vivía en un piso corriente de las afueras, con una mujer corriente y unos hijos corrientes. Él no los consideraba corrientes, aunque sí los demás. Traía un regalo corriente a cada uno: una agenda barata para su mujer, una pistola de aire comprimido para el chico y así sucesivamente. Tenía más de cincuenta años, era calvo, oficinista, honesto de hábitos y manera de pensar, de opiniones inseguras, ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras. Sin embargo, se tenía a sí mismo por un caballero firme y decidido, sin percatarse de que la prensa matinal determinaba sus opiniones del día. Y vivía… al día. Físicamente estaba bastante sano, salvo el corazón, que lo tenía débil (cosa que nunca le preocupó); y pasaba las vacaciones de verano jugando mal al golf, mientras sus hijos se bañaban y su mujer leía a Garvice tumbada en la arena. Como la mayoría de los hombres, soñaba, ociosamente con el pasado, se le escapaba embarulladamente el presente, e intuía vagamente -tras alguna que otra lectura imaginativa- el futuro.

-Me gustaría sobreexistir -decía- si la otra vida fuera mejor que ésta -mirando a su mujer y sus hijos, y pensando en el trabajo diario-. ¡Si no…! -y se encogía de hombros como hace todo hombre valeroso.

Acudía a la iglesia con regularidad. Pero nada en la iglesia lo convencía de que iba a subsistir en la otra vida, ni le inclinaba a esperar tal cosa. Por otra parte, nada en la vida lo convencía de que no fuera o no pudiera ser así. «Soy evolucionista», le encantaba decir a sus pensativos amigotes (delante de una copa), ignorando que se hubiera puesto en duda jamás el darwinismo.

Así, pues, volvía a casa contento y feliz, con su montón de regalos navideños «para la mujer y los chicos», y recreándose con la idea de la alegría y animación de su familia. La noche anterior había llevado a «su señora» a ver Magia en un selecto teatro de Londres frecuentado por intelectuales… y se había entusiasmado lo indecible. Había ido indeciso, aunque esperando algo fuera de lo corriente. «No es un espectáculo musical -advirtió a su mujer-; ni tampoco una comedia o una farsa, en realidad», y en respuesta a la pregunta de ella sobre qué decían las críticas, se encogió, suspiró y enderezó cuatro veces su chillona corbata en rápida sucesión. Porque no podía esperarse que un «hombre de la calle» con una pizca de dignidad entendiese lo que decían los críticos, aunque entendiese la Obra. Y John había contestado con toda sinceridad: «Bueno, dicen cosas. Pero el teatro está siempre lleno… y eso es lo que cuenta».

Y ahora, al cruzar Piccadilly Circus entre el gentío para coger el autobús, quiso el azar que (al ver un anuncio) le absorbiese el cerebro dicha Obra particular, o más bien el efecto que le causara en su momento. Porque le había cautivado lo indecible: con las maravillosas posibilidades que insinuaba, su tremenda osadía, su belleza alerta y espiritual… El pensamiento de John se lanzó en pos de algo: en pos de esa sugerencia curiosa de un universo más grande, en pos de la sugerencia cuasi divertida de que el hombre no es el único… Y aquí chocó con una frase que la memoria le puso delante de las narices: «La ciencia no agota el Universo», ¡al tiempo chocaba con otra clase de fuerza destructora…!

No supo exactamente cómo ocurrió. Vio un Monstruo feroz que lo miraba con ojos de fuego. ¡Era horrible! Se abalanzó sobre él. Lo esquivó… y otro Monstruo salió de una esquina a su encuentro. Corrieron los dos a un tiempo hacia él. Se hizo a un lado otra vez, con un salto que podía haber salvado fácilmente una valla, pero fue demasiado tarde. Le cogieron entre los dos sin piedad, y el corazón se le subió literalmente a la boca. Le crujieron los huesos… Tuvo una sensación dulce, un frío intenso y un calor como de fuego. Oyó un rugir de bocinas y voces. Vio arietes; y un testudo de hierro… Luego surgió una luz cegadora… «¡Siempre de cara al tráfico!», recordó con un grito frenético; y merced a una suerte extraordinaria, ganó milagrosamente la acera opuesta.

No había duda al respecto. Se había librado por los pelos de una muerte desagradable. Primero, comprobó a tientas los regalos: los tenía todos. Luego, en vez de alegrarse y tomar aliento, emprendió apresuradamente el regreso -¡a pie, lo que probaba que se le había descontrolado un poco la cabeza!-, pensando sólo en lo desilusionados que se habrían quedado su mujer y sus hijos si… bueno, si hubiese ocurrido algo. Otra cosa de la que se dio cuenta, extrañamente, fue de que ya no amaba a su mujer en realidad, y que sólo sentía por ella un gran afecto. Sabe Dios por qué se le ocurrió tal cosa; el caso es que lo pensó. Era un hombre honesto, sin fingimientos. La idea le vino como un descubrimiento. Se volvió un instante, vio la multitud arremolinada alrededor del barullo de taxis, cascos de policías centelleando con las luces de los escaparates… y avivó el paso otra vez, con la cabeza llena de pensamientos alegres sobre los regalos que iba a repartir… los niños acudiendo a la carrera… y su mujer -¡un alma bendita!- contemplando embobada los paquetes misteriosos…

Y, aunque no lograba explicarse cómo, al poco rato estaba ante la puerta del edificio carcelario donde tenía su piso, lo que significaba que había hecho a pie las tres millas. Iba tan ocupado y absorto en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la larga caminata. «Además -reflexionó, pensando cómo se había salvado por los pelos-, ha sido un susto tremendo. Una mald… experiencia, a decir verdad.» Todavía se notaba algo aturdido y tembloroso. A la vez, no obstante, se sentía contento y eufórico.

Contó los regalos… saboreó con antelación la alegría que iban a producir… y abrió rápidamente con la llave. «Llego tarde -comprendió-; pero cuando ella vea los paquetes de papel marrón, se le olvidará decir nada. Dios bendiga a esa alma fiel.» Hizo girar suavemente la llave una segunda vez y entró de puntillas en el piso… Tenía el espíritu henchido del sentimiento dominante de esta tarde: la felicidad que los regalos navideños iban a proporcionar a su mujer y sus hijos.

Oyó ruido. Colgó el sombrero y el abrigo en el diminuto vestíbulo (nunca lo llamaban «recibimiento»), y se dirigió sigilosamente a la puerta del salón con los paquetes escondidos detrás. Sólo pensaba en ellos, no en sí mismo… O sea, en su familia, no en los paquetes. Abrió la puerta a medias y se asomó discretamente. Para estupefacción suya, la habitación estaba llena de gente. Retrocedió con rapidez, preguntándose qué podía significar. ¿Una fiesta? ¿Sin saberlo él? ¡Qué raro…! Experimentó un profundo desencanto. Pero al retroceder, se dio cuenta de que en el vestíbulo había gente también.

Estaba enormemente sorprendido; aunque, por otra parte, no lo estaba en absoluto. Lo estaban felicitando. Había una verdadera muchedumbre. Además, los conocía a todos; al menos, sus caras le sonaban más o menos. Y todos lo conocían a él.

-¿No es gracioso? -rió alguien, dándole una palmadita en la espalda-. ¡Ellos no tienen ni la menor idea…!

El que hablaba -el viejo John Palmer, el contable de la oficina, recalcó la palabra «ellos».

-Ni la menor idea -contestó él con una sonrisa, diciendo algo que no entendía, aunque sabía que era cierto.

Su rostro, al parecer, reflejaba la absoluta perplejidad que sentía. El impacto del golpe recibido había sido mayor de lo que él había creído, evidentemente… Su cabeza desvariaba… ¡al parecer! Pero lo raro era que jamás en la vida se había sentido tan despejado. Había mil cosas que de repente se le habían vuelto de lo más sencillas. Pero cómo se apretujaba esta gente, y con cuánta… ¡familiaridad!

-Mis paquetes -dijo, abriéndose paso a empujones, alegremente, entre la multitud-. Son regalos de Navidad que les he comprado -señaló con la cabeza hacia la habitación-. He estado ahorrando durante semanas, sin fumar un cigarro ni acercarme a un billar, y privándome de otras cosas, para comprarlos.

-¡Buen muchacho! -dijo Palmer con una risotada-. El corazón es lo que cuenta.

Mudbury lo miró. Palmer había dicho una verdad como un templo; aunque, probablemente, la gente no lo entendería ni le creería.

-¿Eh? -preguntó, sintiéndose torpe y estúpido, confundido entre dos significados, uno de los cuales era bonito y el otro indeciblemente idiota.

-Por favor, señor Mudbury, pase. Lo están esperando -dijo amable y pomposamente una voz. Y al volverse, se encontró con los ojos benévolos y estúpidos de sir James Epiphany, el director del banco donde trabajaba.

El efecto de la voz fue instantáneo debido al prolongado hábito.

-Desde luego -sonrió de corazón, y avanzó como movido por una costumbre inveterada. ¡Ah, qué feliz y contento se sentía! Su afecto por su mujer era real. El amor, desde luego, se había desvanecido; pero la necesitaba… y ella le necesitaba a él. Y a sus hijos -Milly, Bill y Jean- los quería profundamente. ¡Valía la pena vivir!

En la habitación había bastante gente… pero reinaba un asombroso silencio. John Mudbury miró en torno suyo. Dio unos pasos hacia su mujer, que estaba sentada en la butaca del rincón con Milly sobre sus rodillas. Algunos hablaban y andaban de un lado para otro. El número de personas aumentaba por momentos. Se colocó frente a ellas: frente a Milly y su mujer. Y les dirigió la palabra, tendiéndoles los paquetes. «Es Nochebuena -susurró tímidamente-; y les he… les he traído algo… a cada una. ¡Miren!» Les puso los paquetes delante.

-Por supuesto, por supuesto -dijo una voz detrás él-; pero aunque se pasase usted un siglo entero presentándoselos, daría igual: ¡no los verán jamás!

-Creo… -susurró Milly, mirando a su alrededor.

-¿Qué es lo que crees? -preguntó vivamente su madre-. Siempre estás pensando cosas extrañas.

-Creo -prosiguió la niña, ensoñadora- que Papá ya está aquí -calló; luego añadió con la insoportable convicción de los niños-: estoy segura. Siento su presencia.

Sonó una carcajada extraordinaria. Era sir James Epiphany el que reía. Los demás -toda la multitud- volvieron la cabeza y sonrieron también. Pero la madre, apartando de sí a la criatura, se levantó súbitamente con un gesto violento. Se le había vuelto blanca la cara. Extendió los brazos… al aire que tenía ante ella. Aspiró con dificultad, se estremeció. Había angustia en sus ojos.

-¡Miren! -repitió John-. Les he traído los regalos.

Pero su voz, por lo visto, no produjo el menor sonido. Y con una punzada de frío dolor, recordó que Palmer y sir James habían muerto hacía años.

-Es magia -exclamó-. Pero… yo te quiero, Jinny; te quiero… y… y siempre te he sido fiel; fiel como el acero. Nos necesitarnos el uno al otro… ¿acaso no te das cuenta? Seguiremos juntos, tú y yo, por los siglos de los siglos…

-Piense -lo interrumpió una voz exquisitamente tierna-; ¡no grite! Ellos no pueden oírlo… ahora -y al volverse, John Mudbury se encontró con los ojos de Everard Minturn, su presidente del año anterior. Minturn se había ahogado en el hundimiento del Titanic.

Entonces se le cayeron los paquetes. El corazón le dio un enorme brinco de alegría.

Vio que su cara -la de su mujer- miraba a través de él.

Pero la niña lo miraba directamente a los ojos. Lo veía.

Lo que su conciencia registró a continuación fue el tintinear de algo… lejos, muy lejos. Sonaba a millas debajo de él… dentro de él… era él mismo quien sonaba -absolutamente desconcertado- como una campanilla. Era una campanilla.

Milly se inclinó y recogió los paquetes. Su cara irradiaba felicidad y alegría…

Pero a continuación entró un hombre, un hombre de cara solemne y ridícula, con un lápiz y un cuaderno. Llevaba un casco azul marino. Detrás de él venía una fila de hombres. Traían algo… algo…, Mudbury no podía ver con claridad qué era. Pero cuando se abrió paso entre la alegre muchedumbre para mirar, distinguió vagamente dos ojos, una nariz, una barbilla, una mancha de color rojo oscuro y un par de manos cruzadas sobre un abrigo. Una figura de mujer cayó entonces sobre ellas, y oyó a sus hijos sollozar extrañamente… luego otros sonidos… como de voces familiares riendo… riendo de alegría.

-Dentro de poco se reunirán con nosotros. El tiempo es como un relámpago.

Y, al volverse rebosante de dicha, vio que era sir James quien había hablado, al tiempo que cogía a Palmer del brazo, como en un gesto natural, aunque inesperado, de afectuosa y amable amistad.

-Vamos -dijo Palmer sonriendo, como el que acepta un don en la comunidad universal-, ayudémoslos. No lo comprenderán… Pero siempre podemos intentarlo.

La multitud entera, riente y gozosa, se elevó. Fue, por fin, un instante de vida auténtica y cordial. La paz y la alegría y el júbilo reinaban en todas partes.

Entonces comprendió John Mudbury la verdad: que estaba muerto.



29 de mayo de 2016

Yomi, La Tenebrosa Tierra De Los Muertos

Un breve paneo para comprender la historia…

La mitología Japonesa relata que los primeros dioses convocaron a dos criaturas divinas, Izanagi –el macho- e Izanami –la hembra-, para la creación de la primera tierra –es decir, Japón- y como ayuda les otorgaron la Lanza De Los Cielos llamada “Amenonuhoko”. 

De su primera unión surgieron: Hiruko –Infante Del Agua- y Awashima –Isla De Burbujas- pero al haber sido mal concebidos, no fueron considerados dioses. Corregido el error surgieron las ocho grandes islas de la cadena Japonesa: Awazi, Iyo, Ogi, Tsukusi, Iki, Tsusima, Sado y Yamato.

Luego de crear seis islas mas y muchas deidades, Izanami murió dando a luz al infante Kagutsuchi –encarnación  del fuego- o Ho-Masubi –causante  del fuego- y fue enterrada en el “Monte Hiba”. Dominado por la cólera, Izanagi mato a este ultimo infante, acto por el cual surgieron mas deidades.

La Tenebrosa Tierra De Los Muertos


La desazón por la muerte de Izanami llevo a Izanagi a emprender un viaje a “Yomi” –La Tenebrosa Tierra De Los Muertos-. Allí la oscuridad eterna reinaba y fue ésta, mas algunos otros detalles, las únicas diferencias que Izanagi encontró con su mundo terrenal. La ausencia de luz y vida –aquello a lo que él estaba acostumbrado-, lo sofocaba en demasía, así que se apresuro a buscar a Izanami para volver con ella a casa.

Al encontrarla, las sombras no le permitieron verla completamente ya que ocultaban su apariencia. Izanagi le pidió entonces a su amada, que regresara con él y ella le escupió en la cara. Este fue el indicativo de que era ya muy tarde, puesto que había probado el alimento del inframundo y ya no podía volver a la vida. Así fue como Izanami expreso sus deseos de que él se quedase allí con ella por toda la eternidad en la oscuridad de Yomi. Pero Izanagi no acepto, mas entonces logro convencerla de retornar al mundo superior. Ella solo puso una condición: necesitaba dormir y el no podía ingresar a su habitación. Mientras ella dormía cobijada en las sombras, Izanagi rompió su palabra e ingreso a la oscura morada. Allí tomo el peine con el que Izanami sostenía su largo cabello y lo encendió cual si fuera una antorcha. Al instante, la explosión de luz bañó la horrible forma en la que estaba Izanami: la belleza y gracia de su cuerpo había desaparecido y dado paso a gusanos y asquerosas criaturas que se arrastraban por la carne en descomposición.

Izanagi perdió el control y gritando desaforadamente, comenzó a correr para volver a la vida y escapar de su esposa muerta. Al escuchar los gritos, Izanami despertó y llorando se lanzo en su persecución. Para esto comandó a las “Shikomes Salvajes” –o mujeres asquerosas- para perseguirlo y atraparlo. En pleno escape, Izanagi lanzo su gorro el cual se convirtió en un racimo de uvas negras e hizo tropezar a las Shikome. Mas eso no las detuvo y continuaron su búsqueda. Entonces lanzo su peine que se convirtió en un grupo de brotes de bambú. En ese momento las criaturas de Yomi se sumaron a la persecución. Izanagi orinó en un árbol del cual se origino un gran rió que aumento su aplomo y luego les lanzo melocotones. Nada de esto las detenía, ni retrasaba, mas al encontrarse cerca de los limites de Yomi, Izanagi sabia que muy pronto estaría libre.

Al llegar a la entrada de Yomi, empujo un canto rodado en la boca de la caverna dejando a Izanami atrapada tras la impenetrable barricada. Entonces ella gritó que si no la dejaba salir, mataría mil residentes vivos cada día. Al escuchar estas palabras, Izanagi le contesto que si ella hacia eso, él le daría vida a mil quinientos.

Y ese fue el comienzo de la muerte… a manos de la orgullosa Izanami, la esposa abandonada por Izanagi.