Agosto, Con Un Cuento De Algernon Blackwood

Transición
By Algernon Blackwood

John Mudbury regresaba de sus compras con los brazos llenos de regalos navideños. Eran las siete pasadas y las calles estaban atestadas de gente. Era un hombre corriente, vivía en un piso corriente de las afueras, con una mujer corriente y unos hijos corrientes. Él no los consideraba corrientes, aunque sí los demás. Traía un regalo corriente a cada uno: una agenda barata para su mujer, una pistola de aire comprimido para el chico y así sucesivamente. Tenía más de cincuenta años, era calvo, oficinista, honesto de hábitos y manera de pensar, de opiniones inseguras, ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras. Sin embargo, se tenía a sí mismo por un caballero firme y decidido, sin percatarse de que la prensa matinal determinaba sus opiniones del día. Y vivía… al día. Físicamente estaba bastante sano, salvo el corazón, que lo tenía débil (cosa que nunca le preocupó); y pasaba las vacaciones de verano jugando mal al golf, mientras sus hijos se bañaban y su mujer leía a Garvice tumbada en la arena. Como la mayoría de los hombres, soñaba, ociosamente con el pasado, se le escapaba embarulladamente el presente, e intuía vagamente -tras alguna que otra lectura imaginativa- el futuro.

-Me gustaría sobreexistir -decía- si la otra vida fuera mejor que ésta -mirando a su mujer y sus hijos, y pensando en el trabajo diario-. ¡Si no…! -y se encogía de hombros como hace todo hombre valeroso.

Acudía a la iglesia con regularidad. Pero nada en la iglesia lo convencía de que iba a subsistir en la otra vida, ni le inclinaba a esperar tal cosa. Por otra parte, nada en la vida lo convencía de que no fuera o no pudiera ser así. «Soy evolucionista», le encantaba decir a sus pensativos amigotes (delante de una copa), ignorando que se hubiera puesto en duda jamás el darwinismo.

Así, pues, volvía a casa contento y feliz, con su montón de regalos navideños «para la mujer y los chicos», y recreándose con la idea de la alegría y animación de su familia. La noche anterior había llevado a «su señora» a ver Magia en un selecto teatro de Londres frecuentado por intelectuales… y se había entusiasmado lo indecible. Había ido indeciso, aunque esperando algo fuera de lo corriente. «No es un espectáculo musical -advirtió a su mujer-; ni tampoco una comedia o una farsa, en realidad», y en respuesta a la pregunta de ella sobre qué decían las críticas, se encogió, suspiró y enderezó cuatro veces su chillona corbata en rápida sucesión. Porque no podía esperarse que un «hombre de la calle» con una pizca de dignidad entendiese lo que decían los críticos, aunque entendiese la Obra. Y John había contestado con toda sinceridad: «Bueno, dicen cosas. Pero el teatro está siempre lleno… y eso es lo que cuenta».

Y ahora, al cruzar Piccadilly Circus entre el gentío para coger el autobús, quiso el azar que (al ver un anuncio) le absorbiese el cerebro dicha Obra particular, o más bien el efecto que le causara en su momento. Porque le había cautivado lo indecible: con las maravillosas posibilidades que insinuaba, su tremenda osadía, su belleza alerta y espiritual… El pensamiento de John se lanzó en pos de algo: en pos de esa sugerencia curiosa de un universo más grande, en pos de la sugerencia cuasi divertida de que el hombre no es el único… Y aquí chocó con una frase que la memoria le puso delante de las narices: «La ciencia no agota el Universo», ¡al tiempo chocaba con otra clase de fuerza destructora…!

No supo exactamente cómo ocurrió. Vio un Monstruo feroz que lo miraba con ojos de fuego. ¡Era horrible! Se abalanzó sobre él. Lo esquivó… y otro Monstruo salió de una esquina a su encuentro. Corrieron los dos a un tiempo hacia él. Se hizo a un lado otra vez, con un salto que podía haber salvado fácilmente una valla, pero fue demasiado tarde. Le cogieron entre los dos sin piedad, y el corazón se le subió literalmente a la boca. Le crujieron los huesos… Tuvo una sensación dulce, un frío intenso y un calor como de fuego. Oyó un rugir de bocinas y voces. Vio arietes; y un testudo de hierro… Luego surgió una luz cegadora… «¡Siempre de cara al tráfico!», recordó con un grito frenético; y merced a una suerte extraordinaria, ganó milagrosamente la acera opuesta.

No había duda al respecto. Se había librado por los pelos de una muerte desagradable. Primero, comprobó a tientas los regalos: los tenía todos. Luego, en vez de alegrarse y tomar aliento, emprendió apresuradamente el regreso -¡a pie, lo que probaba que se le había descontrolado un poco la cabeza!-, pensando sólo en lo desilusionados que se habrían quedado su mujer y sus hijos si… bueno, si hubiese ocurrido algo. Otra cosa de la que se dio cuenta, extrañamente, fue de que ya no amaba a su mujer en realidad, y que sólo sentía por ella un gran afecto. Sabe Dios por qué se le ocurrió tal cosa; el caso es que lo pensó. Era un hombre honesto, sin fingimientos. La idea le vino como un descubrimiento. Se volvió un instante, vio la multitud arremolinada alrededor del barullo de taxis, cascos de policías centelleando con las luces de los escaparates… y avivó el paso otra vez, con la cabeza llena de pensamientos alegres sobre los regalos que iba a repartir… los niños acudiendo a la carrera… y su mujer -¡un alma bendita!- contemplando embobada los paquetes misteriosos…

Y, aunque no lograba explicarse cómo, al poco rato estaba ante la puerta del edificio carcelario donde tenía su piso, lo que significaba que había hecho a pie las tres millas. Iba tan ocupado y absorto en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la larga caminata. «Además -reflexionó, pensando cómo se había salvado por los pelos-, ha sido un susto tremendo. Una mald… experiencia, a decir verdad.» Todavía se notaba algo aturdido y tembloroso. A la vez, no obstante, se sentía contento y eufórico.

Contó los regalos… saboreó con antelación la alegría que iban a producir… y abrió rápidamente con la llave. «Llego tarde -comprendió-; pero cuando ella vea los paquetes de papel marrón, se le olvidará decir nada. Dios bendiga a esa alma fiel.» Hizo girar suavemente la llave una segunda vez y entró de puntillas en el piso… Tenía el espíritu henchido del sentimiento dominante de esta tarde: la felicidad que los regalos navideños iban a proporcionar a su mujer y sus hijos.

Oyó ruido. Colgó el sombrero y el abrigo en el diminuto vestíbulo (nunca lo llamaban «recibimiento»), y se dirigió sigilosamente a la puerta del salón con los paquetes escondidos detrás. Sólo pensaba en ellos, no en sí mismo… O sea, en su familia, no en los paquetes. Abrió la puerta a medias y se asomó discretamente. Para estupefacción suya, la habitación estaba llena de gente. Retrocedió con rapidez, preguntándose qué podía significar. ¿Una fiesta? ¿Sin saberlo él? ¡Qué raro…! Experimentó un profundo desencanto. Pero al retroceder, se dio cuenta de que en el vestíbulo había gente también.

Estaba enormemente sorprendido; aunque, por otra parte, no lo estaba en absoluto. Lo estaban felicitando. Había una verdadera muchedumbre. Además, los conocía a todos; al menos, sus caras le sonaban más o menos. Y todos lo conocían a él.

-¿No es gracioso? -rió alguien, dándole una palmadita en la espalda-. ¡Ellos no tienen ni la menor idea…!

El que hablaba -el viejo John Palmer, el contable de la oficina, recalcó la palabra «ellos».

-Ni la menor idea -contestó él con una sonrisa, diciendo algo que no entendía, aunque sabía que era cierto.

Su rostro, al parecer, reflejaba la absoluta perplejidad que sentía. El impacto del golpe recibido había sido mayor de lo que él había creído, evidentemente… Su cabeza desvariaba… ¡al parecer! Pero lo raro era que jamás en la vida se había sentido tan despejado. Había mil cosas que de repente se le habían vuelto de lo más sencillas. Pero cómo se apretujaba esta gente, y con cuánta… ¡familiaridad!

-Mis paquetes -dijo, abriéndose paso a empujones, alegremente, entre la multitud-. Son regalos de Navidad que les he comprado -señaló con la cabeza hacia la habitación-. He estado ahorrando durante semanas, sin fumar un cigarro ni acercarme a un billar, y privándome de otras cosas, para comprarlos.

-¡Buen muchacho! -dijo Palmer con una risotada-. El corazón es lo que cuenta.

Mudbury lo miró. Palmer había dicho una verdad como un templo; aunque, probablemente, la gente no lo entendería ni le creería.

-¿Eh? -preguntó, sintiéndose torpe y estúpido, confundido entre dos significados, uno de los cuales era bonito y el otro indeciblemente idiota.

-Por favor, señor Mudbury, pase. Lo están esperando -dijo amable y pomposamente una voz. Y al volverse, se encontró con los ojos benévolos y estúpidos de sir James Epiphany, el director del banco donde trabajaba.

El efecto de la voz fue instantáneo debido al prolongado hábito.

-Desde luego -sonrió de corazón, y avanzó como movido por una costumbre inveterada. ¡Ah, qué feliz y contento se sentía! Su afecto por su mujer era real. El amor, desde luego, se había desvanecido; pero la necesitaba… y ella le necesitaba a él. Y a sus hijos -Milly, Bill y Jean- los quería profundamente. ¡Valía la pena vivir!

En la habitación había bastante gente… pero reinaba un asombroso silencio. John Mudbury miró en torno suyo. Dio unos pasos hacia su mujer, que estaba sentada en la butaca del rincón con Milly sobre sus rodillas. Algunos hablaban y andaban de un lado para otro. El número de personas aumentaba por momentos. Se colocó frente a ellas: frente a Milly y su mujer. Y les dirigió la palabra, tendiéndoles los paquetes. «Es Nochebuena -susurró tímidamente-; y les he… les he traído algo… a cada una. ¡Miren!» Les puso los paquetes delante.

-Por supuesto, por supuesto -dijo una voz detrás él-; pero aunque se pasase usted un siglo entero presentándoselos, daría igual: ¡no los verán jamás!

-Creo… -susurró Milly, mirando a su alrededor.

-¿Qué es lo que crees? -preguntó vivamente su madre-. Siempre estás pensando cosas extrañas.

-Creo -prosiguió la niña, ensoñadora- que Papá ya está aquí -calló; luego añadió con la insoportable convicción de los niños-: estoy segura. Siento su presencia.

Sonó una carcajada extraordinaria. Era sir James Epiphany el que reía. Los demás -toda la multitud- volvieron la cabeza y sonrieron también. Pero la madre, apartando de sí a la criatura, se levantó súbitamente con un gesto violento. Se le había vuelto blanca la cara. Extendió los brazos… al aire que tenía ante ella. Aspiró con dificultad, se estremeció. Había angustia en sus ojos.

-¡Miren! -repitió John-. Les he traído los regalos.

Pero su voz, por lo visto, no produjo el menor sonido. Y con una punzada de frío dolor, recordó que Palmer y sir James habían muerto hacía años.

-Es magia -exclamó-. Pero… yo te quiero, Jinny; te quiero… y… y siempre te he sido fiel; fiel como el acero. Nos necesitarnos el uno al otro… ¿acaso no te das cuenta? Seguiremos juntos, tú y yo, por los siglos de los siglos…

-Piense -lo interrumpió una voz exquisitamente tierna-; ¡no grite! Ellos no pueden oírlo… ahora -y al volverse, John Mudbury se encontró con los ojos de Everard Minturn, su presidente del año anterior. Minturn se había ahogado en el hundimiento del Titanic.

Entonces se le cayeron los paquetes. El corazón le dio un enorme brinco de alegría.

Vio que su cara -la de su mujer- miraba a través de él.

Pero la niña lo miraba directamente a los ojos. Lo veía.

Lo que su conciencia registró a continuación fue el tintinear de algo… lejos, muy lejos. Sonaba a millas debajo de él… dentro de él… era él mismo quien sonaba -absolutamente desconcertado- como una campanilla. Era una campanilla.

Milly se inclinó y recogió los paquetes. Su cara irradiaba felicidad y alegría…

Pero a continuación entró un hombre, un hombre de cara solemne y ridícula, con un lápiz y un cuaderno. Llevaba un casco azul marino. Detrás de él venía una fila de hombres. Traían algo… algo…, Mudbury no podía ver con claridad qué era. Pero cuando se abrió paso entre la alegre muchedumbre para mirar, distinguió vagamente dos ojos, una nariz, una barbilla, una mancha de color rojo oscuro y un par de manos cruzadas sobre un abrigo. Una figura de mujer cayó entonces sobre ellas, y oyó a sus hijos sollozar extrañamente… luego otros sonidos… como de voces familiares riendo… riendo de alegría.

-Dentro de poco se reunirán con nosotros. El tiempo es como un relámpago.

Y, al volverse rebosante de dicha, vio que era sir James quien había hablado, al tiempo que cogía a Palmer del brazo, como en un gesto natural, aunque inesperado, de afectuosa y amable amistad.

-Vamos -dijo Palmer sonriendo, como el que acepta un don en la comunidad universal-, ayudémoslos. No lo comprenderán… Pero siempre podemos intentarlo.

La multitud entera, riente y gozosa, se elevó. Fue, por fin, un instante de vida auténtica y cordial. La paz y la alegría y el júbilo reinaban en todas partes.

Entonces comprendió John Mudbury la verdad: que estaba muerto.


Yomi, La Tenebrosa Tierra De Los Muertos

Un breve paneo para comprender la historia…

La mitología Japonesa relata que los primeros dioses convocaron a dos criaturas divinas, Izanagi –el macho- e Izanami –la hembra-, para la creación de la primera tierra –es decir, Japón- y como ayuda les otorgaron la Lanza De Los Cielos llamada “Amenonuhoko”. 

De su primera unión surgieron: Hiruko –Infante Del Agua- y Awashima –Isla De Burbujas- pero al haber sido mal concebidos, no fueron considerados dioses. Corregido el error surgieron las ocho grandes islas de la cadena Japonesa: Awazi, Iyo, Ogi, Tsukusi, Iki, Tsusima, Sado y Yamato.

Luego de crear seis islas mas y muchas deidades, Izanami murió dando a luz al infante Kagutsuchi –encarnación  del fuego- o Ho-Masubi –causante  del fuego- y fue enterrada en el “Monte Hiba”. Dominado por la cólera, Izanagi mato a este ultimo infante, acto por el cual surgieron mas deidades.

La Tenebrosa Tierra De Los Muertos


La desazón por la muerte de Izanami llevo a Izanagi a emprender un viaje a “Yomi” –La Tenebrosa Tierra De Los Muertos-. Allí la oscuridad eterna reinaba y fue ésta, mas algunos otros detalles, las únicas diferencias que Izanagi encontró con su mundo terrenal. La ausencia de luz y vida –aquello a lo que él estaba acostumbrado-, lo sofocaba en demasía, así que se apresuro a buscar a Izanami para volver con ella a casa.

Al encontrarla, las sombras no le permitieron verla completamente ya que ocultaban su apariencia. Izanagi le pidió entonces a su amada, que regresara con él y ella le escupió en la cara. Este fue el indicativo de que era ya muy tarde, puesto que había probado el alimento del inframundo y ya no podía volver a la vida. Así fue como Izanami expreso sus deseos de que él se quedase allí con ella por toda la eternidad en la oscuridad de Yomi. Pero Izanagi no acepto, mas entonces logro convencerla de retornar al mundo superior. Ella solo puso una condición: necesitaba dormir y el no podía ingresar a su habitación. Mientras ella dormía cobijada en las sombras, Izanagi rompió su palabra e ingreso a la oscura morada. Allí tomo el peine con el que Izanami sostenía su largo cabello y lo encendió cual si fuera una antorcha. Al instante, la explosión de luz bañó la horrible forma en la que estaba Izanami: la belleza y gracia de su cuerpo había desaparecido y dado paso a gusanos y asquerosas criaturas que se arrastraban por la carne en descomposición.

Izanagi perdió el control y gritando desaforadamente, comenzó a correr para volver a la vida y escapar de su esposa muerta. Al escuchar los gritos, Izanami despertó y llorando se lanzo en su persecución. Para esto comandó a las “Shikomes Salvajes” –o mujeres asquerosas- para perseguirlo y atraparlo. En pleno escape, Izanagi lanzo su gorro el cual se convirtió en un racimo de uvas negras e hizo tropezar a las Shikome. Mas eso no las detuvo y continuaron su búsqueda. Entonces lanzo su peine que se convirtió en un grupo de brotes de bambú. En ese momento las criaturas de Yomi se sumaron a la persecución. Izanagi orinó en un árbol del cual se origino un gran rió que aumento su aplomo y luego les lanzo melocotones. Nada de esto las detenía, ni retrasaba, mas al encontrarse cerca de los limites de Yomi, Izanagi sabia que muy pronto estaría libre.

Al llegar a la entrada de Yomi, empujo un canto rodado en la boca de la caverna dejando a Izanami atrapada tras la impenetrable barricada. Entonces ella gritó que si no la dejaba salir, mataría mil residentes vivos cada día. Al escuchar estas palabras, Izanagi le contesto que si ella hacia eso, él le daría vida a mil quinientos.

Y ese fue el comienzo de la muerte… a manos de la orgullosa Izanami, la esposa abandonada por Izanagi. 

La Habitación

         
      Sin más preámbulo que un hondo suspiro –mezcla de malestar y hastío-, Edgardo se despertó súbitamente envuelto en un sofocante y pegajoso sudor. Sentía muchísima sed; como si un volcán acabara de estallar en su estómago, corroyendo las viseras, para destilar luego, su milenario vapor a través de cada uno de sus poros. Cada fibra de su ser se estremecía sin pausa al compás de los silenciosos estertores que sacudían su alma. Temor?, Si, era eso. Pero, a qué? Alguna pesadilla?. Si esa era la causa, no lo recordaba.

Se incorporó levemente y al hacerlo una tímida vocecilla en lo profundo de su cabeza –la cual, sin palabras hurgaba en sus miedos- dejo paso a una repentina picazón que tornó su cuerpo más nauseabundo. Sin embargo, la ignoró; la manipuló con tozudez, empujándola bien abajo –allí, donde toda representación de lo ficticio pierde importancia- y respiró hondo. Alargó su mano hacia la mesa de noche buscando el interruptor de la luz pero no lo encontró. Se estiró un poco mas y se dio cuenta que el velador no estaba allí. “Donde diablos esta el velador?” –pensó-. Y mascullando, abandonó el caos de sábanas húmedas tanteando en la absoluta oscuridad.

Una vez de pie, dio unos pasos en línea recta hacia la pared. Sus manos recorrieron la montaña de ropa, abandonada en una silla estratégicamente ubicada bajo la ventana. “Debo arreglar todo esto” –pensó, con fastidio-, y giró hacia la izquierda para rodear la cama. Una vez situado entre la cama y el placard se percató que de el espacio entre ambos parecía más estrecho de lo normal. Como si los muebles se hubieran complotado en su contra y reducido los espacios; todo para que él se tropezara, o golpeara. Cuando estaba a punto de tocar el placard se detuvo. Tenia la sensación que algo zumbaba muy cerca de suyo… como si algo estuviera allí agazapado a la espera de tocar con sus fríos dedos, la mano de la incauta presa. “Esto es ridículo” –pensó-  y sacudió su cabeza forzando a los irrisorios pensamientos a desaparecer. Sin embargo evito el placard.

Volver A Casa

El sol se puso rápidamente detrás de los edificios y las penumbras avanzaron sin pausa sobre el parque. La niña miró en derredor, y sintiendo un tenue escalofrío recorriendo su cuerpo, se preguntó dónde estaban todos. Había pasado toda la tarde sentada en su hamaca preferida, observando a los otros niños. Ella no comprendía cómo todos se habían ido y ella no lo había notado. En sus pupilas había quedado grabado el paisaje infantil que tanto le gustaba. Niños felices, corriendo, gritando y riendo, bajo la severa pero siempre amorosa mirada de sus madres. Cada uno de ellos lucía en su rostro, manos, cabello y ropa las marcas de la verdadera felicidad: las manchas de los dulces, los helados y los caramelos, las ropas llenas de arena y pasto, los cabellos revueltos y con coronas de hojas secas... todo aquello que sus madres estaban más que dispuestas a tolerar ya que significaban una sola cosa: infancia plena, sana y feliz. 

Sin embargo, ella no lucia de esa manera. Su cabello lacio y castaño estaba sujeto con suma prolijidad con un delicado moño blanco; su rostro delgado y pálido perfectamente aseado, dejando al descubierto la pequeña nariz de proporciones exactas, ojos azules, largas pestañas y las mejillas apenas rosadas... sólo apenas. Y sus ropas y zapatos brillaban por su inmaculada pulcritud. 

Ella siguió balanceándose en su hamaca preferida viendo cómo el ocaso llegaba a su fin, para darle la bienvenida a la noche; una noche sin luna, pero con muchas estrellas... una noche especialmente silenciosa y serena. Las sombras –apenas sesgadas por los faros dispuestos en el parque-, estrujaron su corazón y sobresaltaron sus sentidos en un sinfín de oscuros secretos recitados con malicia en sus oídos. 

La Mistica Labradorita

Atributos

Mineral altamente mística y protectora, portadora de luz. Por su color muchos la consideran la complementaria a la piedra de luna, siendo ésta la parte femenina y la labradorita la representante de lo masculino. Eleva la conciencia y conecta con las energías universales. Alinea los cuerpos físico y etérico para que podamos acceder al propósito espiritual, estimulando la intuición y los dones psíquicos. Desvía todas las fuerzas no deseadas del aura e impide que malgastemos energía o el “goteamiento”. También nos ayuda a prever el “momento justo” de hacer las cosas, haciéndonos comprender las cosas de mejor manera a nivel inconsciente. Como protectora crea una barrera contra las energías negativas expulsadas durante las terapias o los rituales, impidiendo que dejen secuelas, marcas o que intenten volver a arraigar. Disipa los miedos y las inseguridades, limpiando residuos energéticos de decepciones anteriores, incluyendo las vidas pasadas. Así fortalece la fe en el “yo” y la confianza en el universo, evitando que proyectemos nuestras inseguridades en los demás y que hagamos ataduras a las auras de otros. Fiel aliada en los momentos de transformación, prepara nuestro cuerpo y el alma para atravesar los cambios con fuerza y perseverancia. Interesante llave para hacer regresiones a otras vidas, ya que debido a su sabiduría esotérica facilita la iniciación a los misterios. También saca a la luz recuerdos reprimidos del pasado. Calma las mentes hiperactivas y energetiza la imaginación, haciendo que surjan nuevas ideas. Equilibra la capacidad de análisis y raciocinio con la visión interna, por lo que es una buena herramienta para hacer introspección o contemplación.

Curación

Trata desórdenes oculares y del cerebro. Alivia el estrés y regula el metabolismo. Se suele usar su elixir para tratar síntomas del resfriado, la gota y el reúma. Equilibra las hormonas y alivia la tensión menstrual, ya que reduce la presión arterial.

Posición

Sobre el chakra corazón o donde sea necesario.

Apariencia General 

Verde-gris o azulado negruzco con brillos opalescentes. Suele tallarse en esfera o cabujón. De forma pulida se presenta como un guijarrito, tibio y ligero, que a menudo presenta una parte opaca de color negro que recuerda al azabache. Las partes translúcidas son de un color verde parduzco o azul intenso (este último suele llamar más la atención) que presenta un brillo opalescente que cambia con la luz de verde a blanco y de azul a dorado Lo que le da su encanto es precisamente esa iridiscencia, ya que sin la luz apropiada puede parecer bastante feo u ordinario.

Procedencia

Canadá (Península del Labrador), Noruega, Ukrania, Australia, EE.UU., México, Madagascar, España, Italia, Finlandia, Rusia, Groenlandia, Escandinavia.

El Incesante Goteo

Las autoridades de la ciudad habían sido absolutamente claras y lo expresado en los medios periodísticos y spots de emergencia no dejaba margen a duda alguna: la tormenta que se avecinaba era colosal y por tal motivo, los ciudadanos debían, mantener las mascotas a buen recaudo, asegurar objetos en los balcones –ya sean macetas, sillas, etc.- que pudieran caer por causa del viento y por sobre todas las cosas, ser cautelosos y no deambular por las calles bajo ningún punto de vista.

El extremo calor que se había instalado durante los últimos tres días, había hecho casi imposible circular por las calles con normalidad; incluso respirar había sido costoso ya que el aire caliente sofocaba sin piedad. La marca de cuarenta y cinco grados –habiendo superado ampliamente los registros mas altos de los últimos cincuenta años-, conjugada con la humedad al ciento por ciento y vientos del norte, auguraba el final bien conocido por todos: tormentas, viento, rayos y la garantía de granizo de mediano tamaño.

La casa estaba sumida en las penumbras y el volumen del televisor estaba muy alto. Sin embargo las voces que emergían eran apenas audibles ya que afuera la naturaleza se preparaba para descargar toda su furia. Los relámpagos surcaban el cielo y con cada trueno los vidrios vibraban, amenazando quebrarse y dejar las ventanas cual marcos desolados y apocalípticos; el viento zumbaba y azotaba todo a su paso, arrancando cables y llevándose consigo hojas, flores, papeles y alguna que otra prenda de vestir olvidada en algún tender. Sin embargo, la lluvia aun no daba señales de aparecer prontamente… parecía que jugaba con la ansiedad de los humanos y se hacia desear, pavoneándose escondida en la majestuosidad de las negras nubes que la noche no permitía vislumbrar en detalle.

Eran las doce de la noche y ella dormía profundamente en el sillón, tras ocho largas horas de trabajo –sin pausa y tiempo para el almuerzo-, iluminada tan solo con la luz emergente del televisor. Su cuerpo –mas parecido a un muñeco de trapo que a un ser vivo- yacía laxo con un mínimo de movimiento en su pecho y párpados y un leve estertor en mano derecha que colgaba libre, a escasos centímetros del suelo. La caja torácica subía y bajaba a un ritmo lento entre respiración y respiración, los globos oculares se movían rápidamente hacia los lados y los dedos de sus manos se estremecían de tanto en tanto.

Ese momento en el cual casi todas las funciones del cuerpo se pausan –tan solo el cerebro, el corazón y los pulmones continúan trabajando- para permitir el descanso y reparación energética que todo ser necesita, es lo mas parecido al momento previo de la muerte… ese momento en el cual, lo mundano se torna mas y mas borroso y el alma se prepara para alejarse de la cárcel de carne y hueso.

Ella deambulaba por un maravilloso sueño; un sueño que la abrazaba y colmaba con todo aquello que en la realidad, rehuía temeroso de su ser, como si ella no fuera digna… y sin importar cuanto luchara. Era como si alguien en las altas esferas del Universo, hubiera decidido entrometerse y manipular los hilos que rigen los logros e infortunios en la vida de los hombres y torcer todos y cada uno de los caminos para que ella sintiera que cada uno de sus pasos la alejaban mas y mas de sus añoranzas y planes.

Mientras ella disfrutaba de ese mundo –completamente ajena a la realidad exterior- un sonido comenzó a resquebrajar lo que allí sucedía, alterando los sucesos y voces que la rodeaban. Se trataba de un golpeteo seco y espaciado que había irrumpido poco a poco desde la lejanía: “tac... tac… tac”. Al principio, confundida, miró en derredor buscando el origen de ese desubicado sonido pero, al ver que no había concordancia con la escena, le restó importancia y retomó el camino en su soñada realidad. Al cabo de un rato, el golpeteo volvió. Pero esta vez, fue mas fuerte, rápido y próximo a ella y no se detuvo mas. “Tac... tac… tac… tac… tac”. Había vuelto para quedarse y arrancarla de una vez por todas de su sueño, forzándola a observar cómo las imágenes de su ficticia felicidad se desvanecían frente a sus incrédulos ojos cual borrascosas diapositivas de otras épocas.

En el preciso instante en el cual una espesa oscuridad la rodeaba y el golpeteo vibraba perniciosamente a su alrededor, despertó invadida por una indescriptible angustia. Respiró hondo y trató de moverse, mas su cuerpo estaba aún demasiado adormilado y no respondía a los comandos de su voluntad. Solo le tomo unos segundos para recordar el sueño y la angustia le dio paso a una súbita rabia enmarcada por la desazón de no poder evitar sentir que había sido arrojada a su patética realidad por un extraño y molesto ruido. Al recordar la razón del despertar y maldecir al mundo entero trato de incorporarse, para encender la lámpara de mesa que tenía al lado del sillón y apagar el televisor. No le importaba en lo mas mínimo la tormenta ya que ella y su pocas posesiones estaban bien resguardadas.

Sin embargo no pudo levantarse ya que el cansancio volvió a recordarle que ella era tan solo un ser humano y que luego de tanto esfuerzo y malestar por el calor en los días previos, la extenuación era total y unas horas de sueño no eran suficientes. Entonces cerró los ojos y se dejó llevar por el adormecimiento que la invadía. Ya estaba por dormirse otra vez, cuando el golpeteo la tomó por sorpresa y esparció espasmos por todo su cuerpo, haciendo restallar un agrio enojo en su interior. Abrió los ojos y aguzó el oído, mas solo escuchó las voces de los periodistas que describían las primeras noticias acerca de la catástrofe que se abatía sobre la ciudad.

Permaneció alerta, a la espera de que el molesto golpeteo retornase, y al momento en que un profundo suspiro emanaba de su pecho –en un vano intento por desechar la nauseabunda sensación que la tenia presa-, lo escucho otra vez. “Tac... tac… tac… tac… tac”. El maldito ruido se había hecho presente y parecía provenir de todos lados al mismo tiempo. Era como si el primer “tac” se arrastrara por toda la casa cabalgando en un sinuoso eco que desesperadamente buscaba llegar a ella… como si se tratara de un presagio que debía llegar a destinatario con premura.

La rabia estalló nuevamente en su interior y olvidándose de los dolores musculares y el cansancio, se levantó del sillón. Al hacerlo, una tenue corriente eléctrica recorrió sus piernas ascendiendo rápidamente hasta su cabeza, y sumiéndola en un eterno mareo que la obligó a alargar su mano hasta el apoyabrazos del sillón para no perder el equilibrio. Luego de unos segundos el malestar desapareció dando paso a una oleada de frío que la arropo cruelmente, calando sus huesos y dejando una marca… como una indescriptible duda. Un grifo mal cerrado?... Una gotera?. Así pues, cruzó la sala de estar tambaleándose y se adentró en la cocina, sintiendo como sus brazos se adormecían rápidamente y el frío –que se había adueñado de sus huesos-, se abría paso a través de los órganos y músculos, para lamer maliciosamente toda su piel. Haciendo caso omiso de la extraña sensación y el temor que comenzaba a corroer su mente -ya que el golpeteo continuaba resonando en toda la casa-, encendió la luz y observó la pileta –con el plato, cubiertos y vaso aún esperando se lavados- y se percató que allí no sucedía nada. El grifo estaba bien cerrado. Entonces, giró sobre sus talones y cruzó nuevamente la sala de estar y pensativa se detuvo en la puerta del baño. Si allí nada goteaba, era mas que obvio que en algún lugar de la casa, se hubiera producido una gotera y no era mucho lo ella que podía hacer en ese momento. Justo en ese instante, cuando sentía que su mundo era tragado por una bizarra dimensión de injusticias, necedad e incompetencia –muy parecido al mundo real, solo que cada detalle de mediocridad e idiosincrasia estaban multiplicados por mil- un ínfimo recuerdo de algo visto –y pasado por alto- en la sala de estar incrementó su malestar. Allí, algo no estaba bien… No podía describirlo, ni sabía donde se encontraba, sin embargo la sola idea de que eso era importante, la lleno de horror. Y por alguna extraña razón –muy dentro de su cabeza- sabía que estaba relacionado con el golpeteo.

Sacudió su cabeza –tratando de deshacerse de este nuevo sentimiento que la hundía mas en un espiral de espanto- encendió la luz y comprobó que tanto la pileta como la ducha estaban perfectas. Alzo la mirada para chequear el techo, pero su ojos le mostraron una borrosa imagen del blanco cuarto. Y el golpeteo continuaba taladrando en su cabeza sin pausa ni piedad y el frío que la envolvía se había hecho intolerable. Parecía que una gruesa capa de hielo la recubría completamente y con cada movimiento que hacia, su densidad aumentaba. Y con el aumento del frío, el terror le abrió paso a un hormigueo en su cerebro sumiéndola en un aletargado estadio de dejadez y cansancio que nada tenían que ver con la vida cotidiana. Esto era algo mas.

Con la visión fuera de foco, el cuerpo entumecido y la mente evaporándose, se percató que el golpeteo ya no era tan fuerte… como así tampoco la televisión, la tormenta y el viento. Los sonidos le llegaban lejanos, ajenos y sin el menor atisbo de importancia. De pronto, la luz intermitente que emitía la pantalla del televisor allanó el camino a su borrosa visión, mostrándole la estática silueta de una mano que colgaba del sillón y que de tanto en tanto se sacudía en leves estertores. En ese instante cayo de rodillas y venciendo todo resquicio de terror, se arrastro lentamente mientras se percataba de una súbita opresión en el pecho que la hundía en un cálido ahogo.

Al llegar al sillón descubrió la razón de todos sus malestares, sensaciones y sonidos que la habían aquejado desde que despertó del sueño. Allí, en el sillón, su cuerpo yacía en los últimos estertores previos a la muerte y el brazo que colgaba, mostraba dos profundos cortes verticales a la altura de la muñeca y desde los cuales el incesante goteo de sangre había creado un denso y extenso charco de sangre.


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Trick Or Treat... Musarañas

Para este dia tan especial, les traigo un thriller realmente sombrio, denso y asfixiante y que al final los dejara atonitos. No importa cuan seguros esten de como terminara, les aseguro que jamas podran dar con el giro en el ultimo minuto, que minara sus mentes con una mezcla de horror, dolor y empatia.


Sinopsis

Montse (Macarena Gómez, La que se avecina) se vio obligada a cumplir el papel materno y paterno con su hermana menor (Nadia de Santiago, Amar es para siempre), al haber muerto su madre en el parto de la pequeña y haber sido abandonadas por su padre (Luis Tosar, Mientras duermes). La extraña enfermedad que padece, agorofobia galopante, la retiene en el interior de su vivienda, agravando la situación. Su hermana ha crecido, es la única que le ayuda a conectar con la relidad. Pero un día todo cambia con la llegada de Carlos, un nuevo vecino (Hugo Silva, Las brujas de Zugarramundi) quien acaba de sufrir un accidente y llama a su puerta para pedir ayuda.

El thriller psicológico ambientado en la España de los años 50, está codirigido por Esteban Roel y Juan Fernando Andrés, quienes se dieron a conocer con el cortometraje 036, popularizado en la red. Produce la película Álex de la Iglesia (Las Brujas de Zugarramuerdi) a través de su productora Pokeepsie Films, junto a Nadie es perfecto.

Director: Juan Fernando Andrés, Esteban Roel
Reparto: Macarena Gómez, Nadia de Santiago, Hugo Silva más
Género: Suspense, Terror
País: España

Fuente

La Reina Sin Corona

 By Kirill Semenov
El oscuro infinito baila en sus ojos,
y un gelido silencio ulula en su boca.
Magestuosa ella, y no tiene carroza,
altiva y soberbia, es la reina sin corona.
Religiosa y pagana, sutil y grosera
avanza sin prisas saboreando la espera.

Corre, corre, mientras puedas
el tiempo es su amante, tu solo la presa.
Y cuando su voz anide en tu aliento,
voltea y veras su mano tendida
rozando con lastima tu resentimiento,
suspira y atesora el momento
ya lo sabes, se acabo tu tiempo.





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