Halloween Y Un Cuento Anonimo

El hombre lobo
Anónimo (Occidente)


-No vayas, -dijo la mujer del galochero.

-Es necesario, -le contestó Michel, su marido-. La Catou no se encuentra bien. Creo incluso que ha perdido la cabeza.

Se envolvió en su capa, comprobó que llevaba el cuchillo en el bolsillo, y luego abrió la puerta. Fuera, la oscuridad cubría la campiña con un manto negro; no se veían bien ni el seto, ni los árboles; todo eran masas confusas.

-No te inquietes.

Michel tomó el camino y se marchó hacia Condat en busca de un médico para su vecina enferma. Al comienzo no se preocupó demasiado. Pero cuando llegó al bosque empezó a notar que un cierto malestar se adueñaba de él… Efectivamente, el bosque de Font-Sainte tenía fama de ser el reino de Ropotou, el diablo, que vivía allí en compañía de diablesas, brujas, fantasmas, hombres-lobo y otros secuaces del infierno. Corrían muchas leyendas al respecto. Se decía, por ejemplo, que todos los primeros viernes del mes, en el bosque tenía lugar un mercado de almas. Había que acudir con una gallina negra, y el diablo aparecía disfrazado de gentilhombre.

-¿Cuánto pide por su gallina? -preguntaba.

Discutían, regateaban y al final terminaban por ponerse de acuerdo. Al día siguiente, había que volver al bosque donde esperaba una carroza para conducirles al castillo diabólico para firmar el pacto oficial… Según los rumores, aquellos pactos podían contener cláusulas bastante particulares… El galochero seguía caminando mientras recordaba todas estas cosas. Al llegar a la encrucijada de Cuatro Caminos un hombre-lobo se le apareció a la luz de la luna, negro, deforme, horroroso, con sus ojos brillantes y sus largos dientes puntiagudos. Michel se detuvo al instante. Se oyó una voz cavernosa que dijo:

-Quiero tu alma para mi señor…

-Ni hablar -contestó el galochero.

-¡Ten cuidado!

La mano del galochero se crispó agarrando su cuchillo. Sabía que los hombres-lobo son insensibles a las balas de un arma de fuego, lo mismo que a los mordiscos de los perros pero, en cambio, si la hoja de un arma blanca lograba perforar su piel se convertían de inmediato en un hombre o en una mujer. El hombre-lobo rugió salvajemente y saltó hacia él con intención de agarrarlo por el cuello. Pero Michel fue más rápido: su brazo se estiró y su cuchillo alcanzó a la bestia. El rugido terminó en lamento. El hombre-lobo cayó en tierra adoptando inmediatamente forma humana. Con gran sorpresa, el galochero reconoció a un vecino, al señor Garaud, el molinero, tendido en el suelo, quejándose y con un hombro ensangrentado…

-¡Buena la has hecho! -gimió el molinero-. Ahora me encuentro en un gran apuro.

El galochero se encogió de hombros. El otro contó su historia: nueve años atrás, como su negocio iba mal, había hecho un pacto con Ropotou. A cambio de una buena suma de dinero, él se había comprometido a encontrar almas para el diablo. El asunto marchaba bien y no le faltaban ocasiones:

-Ayer, por ejemplo, logré convencer a la Catou…

-¡Ah, pues! Por eso está la pobrecilla completamente trastornada.

-Se acostumbrará; no te inquietes por ella… Como te iba diciendo, Michel, sólo me quedaba un año para acabar de cumplir mi contrato pero tú lo has estropeado todo y mañana me veré obligado a entregar a mi propia hija al diablo para compensar mi fracaso de esta noche; así está escrito, yo lo firmé…

-¿Toinette?

-Sí; sin embargo, se la había prometido a José, el herrero, que es un buen chico.

-Espera, espera, molinero: vamos a tratar de arreglar este desaguisado.

-No será fácil.

El galochero ayudó al señor Garaud a levantarse, lo sujetó y tomaron juntos el camino hacia el pueblo, sin ocuparse ya del médico para la Catou, que Michel esperaba poder curar por otros medios.

Al día siguiente hubo una gran reunión en la iglesia entre el párroco, su sacristán, José el herrero y, por supuesto, Michel y el molinero. Se adoptaron todas las disposiciones y se pronunciaron todas las oraciones por adelantado. Cuando se hizo de noche, el molinero salió con dirección al bosque, pálido, inquieto, con un farol en la mano, seguido de su hija Toinette. Detrás de ellos iban todos los demás, es decir, el galochero, el herrero y el sacristán; los tres se iban escondiendo detrás de matorrales y de árboles… Así llegó el grupo a Cuatro Caminos. El señor Garaud levantó su farol y Ropotou se le apareció plantado sobre sus pies hendidos en mitad de la encrucijada, vestido con sus ropas de gentilhombre, y con una mueca sardónica en los labios.

-¡Eh, eh! -dijo el diablo-. Está bien, me traes a tu hija para reparar tu torpeza, como estaba acordado. No pierdo en el cambio. Ven, Toinette.

El diablo se adelantó con el brazo tendido, dispuesto a agarrar a la joven y atraerla hacia un precipicio profundo, cerca de allí. Pero en aquel instante, Michel y el herrero, un hombretón musculoso y ancho de espaldas, saltaron sobre el demonio, le echaron al cuello una soga muy resistente mientras que el sacristán empezaba a rociarlo con agua bendita, de la que había traído gran cantidad. Ropotou gritó, se retorció, e intentó en vano deshacerse de su corbata de cáñamo. Los compadres no le apretaban sino con más fuerza, tanta que, al poco rato Ropotou enmudeció, con la lengua colgándole hasta el vientre.

-Demonio -gritó el galochero- tienes que anular el pacto que tienes con Garaud.

-Nun… nunca… jamás. Lo… escrito… escrito está.

-Tira fuerte, herrero.

Éste obedeció y el diablo lanzó un largo gemido, semejante a un ronquido.

-Entonces, ¿anulas, sí o no?

-A… anulo.

Ropotou no podía hacer nada más; el párroco había preparado un documento como es debido, que el molinero sacó del bolsillo. En virtud de sus cláusulas, no sólo el molinero quedaba exento de todas sus obligaciones respecto al demonio sino que, además, éste último le devolvía el alma a todas las infortunadas víctimas del hombre-lobo Garaud, incluida la de la Catou, por supuesto. El diablo firmó y los otros aflojaron la soga. Como el sacristán seguía rociándolo con agua bendita, el demonio huyó ebrio de ira. Poco después, en el pueblo de Laquérie, se celebró la boda de Toinette y José, con numerosas salvas disparadas al aire cuando los novios salieron de la iglesia; todos bailaron alegremente la bourrée, la danza típica de la región, al son de las gaitas y de las cabrettes.

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